martes, 10 de octubre de 2017

SOBRE LA SIGNIFICACIÓN DE LOS PRONOMBRES

La lectura de dos relatos breves ayudará a entender el significado de los pronombres, una categoría gramatical que presenta peculiaridades en cuanto a la significación que aporta: no tiene un significado léxico y sirve para referirse a los participantes en el acto de comunicación y para sustituir a sustantivos (o enunciados) del propio texto.
  • El primero es de de Simão Videira de su libro O periplo africano.

Los negros del cabo Mesurado aprendieron el portugués con alegre facilidad; este progreso considerable se interrumpió, sin embargo, cuando acometí el capítulo de los pronombres. Si yo los trataba de «», mis estudiantes no entendían y se enfadaban; cada uno de ellos era «yo» y yo era «».

Después de leer el cuento, se observa que los pronombres no tienen un significado léxico y estable, sino que tienen un significado variable, ocasional y gramatical: en el cuento los pronombres «yo» y «tú» no expresan nociones ni conceptos, sino que expresan 'personas del discurso'.
  • El segundo cuento es de Mario Benedetti y está entresacado de su estupendo libro Despistes y franquezas.


IDILIO
La noche en que colocan a Osvaldo (tres años recién cumplidos) por primera vez frente a un televisor (se exhibe un drama británico de hondas resonancias), queda hipnotizado, la boca entreabierta, los ojos redondos de estupor.
La madre lo ve tan entregado al sortilegio de las imágenes que se va tranquilamente a la cocina. Allí, mientras friega ollas y sartenes, se olvida del niño. Horas más tarde se acuerda, pero piensa: «Se habrá dormido». Se seca las manos y va a buscarlo al living.
La pantalla está vacía, pero Osvaldo se mantiene en la misma postura y con igual mirada extática.
–Vamos. A dormir –conmina la madre.
–No –dice Osvaldo con determinación.
–Ah, no. ¿Se puede saber por qué?
–Estoy esperando.
–¿A quién?
–A ella.
Y señaló el televisor.
–Ah. ¿Quién es ella?
–Ella.
Y Osvaldo vuele a señalar la pantalla. Luego sonríe, candoroso, esperanzado, exultante.
Me dijo: «querido».


El cuento de Benedetti sirve para explicar cómo los pronombres pueden servir tanto para la deixis en la situación de comunicación como para la deixis textual
El pronombre «ella» hace referencia a una persona que no es ni la madre ni el hijo en la conversación, es decir, ni la persona que habla (primera) ni la que escucha (segunda). El pronombre «ella» adquiere su significado por la referencia a un elemento de la realidad al que indica o señala de manera directa («y señaló el televisor»). 
El pronombre «lo» repetido en dos ocasiones tiene un significado anafórico: en la primera línea del segundo párrafo hace referencia a Osvaldo, mencionado al principio; el pronombre «lo» en «buscarlo» remite al sustantivo «niño» de la línea anterior.

jueves, 5 de octubre de 2017

SOBRE LAS CONJUNCIONES COORDINANTES

Como complemento a los apuntes de clase y a otras entradas del blog, recojo aquí algunas consideraciones útiles sobre los usos y valores de algunas conjunciones coordinantes:
  • La conjunción o presenta diferentes valores en castellano: puede ser disyuntiva excluyente, explicativa y distributiva. En ocasiones también puede presentar un valor cercano a la adición. En esta entrada del Diccionario panhispánico de dudas se muestran ejemplos de los distintos usos.
  • El empleo conjunto de las conjunciones y/o frecuente en castellano hoy en día es desaconsejado por la Real Academia, ya que la conjunción o puede señalar por sí sola a la vez suma y alternativa:

  • La conjunción aunque puede presentar en castellano dos valores, como coordinante adversativa (sustituible por «pero» y situada siempre entre las dos oraciones)  y como subordinante concesiva (sustituible por «a pesar de» y, además, puede ir al comienzo de la oración y también puede estar en subjuntivo). Así recoge el Diccionario de la Real Academia estos dos valores:
  • Sin embargo, en cambio o no obstante son locuciones adverbiales que pueden reforzar la conjunción coordinante adversativa, pero no son consideradas conjunciones. Cuando aparecen sin reforzar a la conjunción, hablamos de oraciones yuxtapuestas (estoy cansado; sin embargo, no iré).

jueves, 28 de septiembre de 2017

NOMBRES PROPIOS DE PERSONA QUE SE CONVIERTEN EN COMUNES



En castellano, en ocasiones, los nombres propios de persona se convierten en comunes cuando dejan de identificar a una persona concreta y pasan a designar a todas las personas de una misma clase, es decir, cuando nombran arquetipos o tipos humanos. En la ilustración de arriba habéis podido leer algunos ejemplos curiosos.
A partir de este tipo de transformación lingüística por metonimia, os propongo un doble reto:
- En primer lugar debéis buscar las definiciones y el origen de estos sustantivos comunes procedentes de sustantivos propios: donjuán, lazarillo, magdalena, nerón, quijote, rodríguez, séneca, tartufo y tenorio. Debe entregarse por escrito en clase a la mayor brevedad posible.
- Hay que buscar nuevos ejemplos de nombres comunes procedentes de nombres propios y enviarlos a los comentarios que se pueden escribir al final de esta entrada. Podéis consultar libros de lengua, gramáticas, páginas de internet o preguntar a vuestros padres y abuelos. Aquellos que aporten nuevas palabras tendrán su recompensa.

viernes, 22 de septiembre de 2017

A ESA PERSONA QUE JUGUETEA CON SU MÓVIL (Y NO LEE LIBROS)

El escritor Joël Dicker, autor de novelas de éxito como La verdad sobre el caso Harry Quebert o El libro de los Baltimore, publicó hace menos de dos meses este artículo en El País, para invitar a esas personas que no paran de mirar su teléfono móvil sin que nada nuevo aparezca en él a que aprovechen esos minutos para leer y descubrir nuevos mundos y dar un nuevo sentido a sus vidas. De manera muy sencilla nos hace reflexionar acerca del uso que hacemos del tiempo y nos invita a la lectura como una forma de entretenimiento y de conocimiento, una invitación que tantas veces hemos realizado desde el blog.
Ilustración de Fernando Vicente

A esa persona que juguetea con su móvil
El autor propone robarle unos pocos minutos diarios al teléfono para dedicárselos a un libro. Vaticina que, en una semana, no podrá dejarlo.

QUERIDO AMIGO:
No te conozco personalmente, pero permíteme que me dirija a ti de esta forma.
Te veo con frecuencia cuando subo al autobús, cerca de mi casa.
Te escribo a ti, pero podría escribir a todos esos con los que me cruzo en el tren, los aviones, los bancos de las estaciones y los aeropuertos, la sala de espera del dentista.
Te escribo a ti como representante de todos los que ya no leen nunca en los transportes públicos.
Te escribo a ti como representante de todos los que viajan en autobús o en metro cada mañana, los que hacen vuelos transatlánticos, los que protestan porque el dentista va retrasado y no llevan en el bolso, en el bolsillo ni bajo el brazo un libro que les haga compañía.
Hoy, en el bolso y en el bolsillo, llevamos otro compañero al que abrazamos, tocamos y acariciamos más que a nuestra pareja: el teléfono móvil. Nos hace compañía, nos reconforta, va con nosotros a todas partes, desde la cama hasta el cuarto de baño. El invento es genial: un simple aparatito que nos conecta con el mundo entero. Podemos seguir las aventuras de un astronauta en la estación espacial internacional, asistir por Internet a una clase de la universidad e incluso ver un partido de fútbol. Pero, sobre todo, podemos entrar en Facebook e Instagram, espiar la vida de personas a las que ni siquiera conocemos y perder un tiempo valioso.
A ti, amigo mío del autobús, te hago esta pregunta: ¿Cuántas veces al día haces el mismo gesto con tu teléfono para leer las informaciones que te han llegado?
A ti, amigo mío del autobús, te hago esta pregunta: ¿Cuántas veces al día haces el mismo gesto con tu teléfono para leer las informaciones que te han llegado? ¿5, 10, 15 veces? ¿Cuántas veces miras la previsión del tiempo, que ya conoces, y las fotos que ya has visto antes en Facebook o Instagram? ¿Cuántas veces abres tu aplicación de noticias (siempre la misma) para comprobar que no han cambiado desde hace cinco minutos?
A ti, amigo mío del autobús, te propongo un pequeño juego: mañana, durante la rutina obsesiva del teléfono móvil, cronometra el tiempo que dedicas a releer las mismas informaciones. Verás que Facebook, Instagram y la previsión del tiempo te roban decenas de minutos cada día.
Cuando tengas claro el número de minutos, acepta este trato: durante una semana, llévate un libro al autobús, al metro, al dentista, y dedica ese mismo tiempo a leerlo.
Te apuesto lo que quieras a que, al final de la semana, habrás descubierto el placer de la lectura diaria, la de los instantes robados, la que te da ganas de saltarte la parada de metro y de que el dentista se retrase. Esa lectura que engrandece la vida, acaba con el aburrimiento y te lleva a otro mundo.
Amigo mío del autobús, te pido que difundas este mensaje: en el autobús y en el metro, en los aviones y los trenes, dejad el móvil en el bolsillo, ya tendréis tiempo de consultarlo después. Convertid esos trayectos en vuestro propio viaje a través del mundo de los libros. Díselo a quienes no están aún convencidos: cronometrad el tiempo que perdéis con el móvil y usadlo para leer un poco todos los días. Durante una semana, nada más. Estoy seguro de que os aficionaréis.

jueves, 14 de septiembre de 2017

LAS PALABRAS DE NUESTRA VIDA

Para dar la bienvenida en este nuevo curso 2017-2018, además de los textos que leeremos en clase, os dejo en el blog este artículo de Juan José Millas, «Las palabras de nuestra vida», recogido en la siempre interesante página de Fundéu. Es todo el artículo un hermoso canto a los diccionarios y las palabras que contienen, porque todos los seres humanos estamos hechos de palabras. Espero que os guste la particular manera en que el autor nos muestra la mirada que proyecta sobre las palabras y su vivencia al lado de los diccionarios, esos «espejos» que ayudan a comprender el mundo y a conocernos mejor.

LAS PALABRAS DE NUESTRA VIDA

Resulta difícil imaginar un artefacto más ingenioso, útil, divertido y loco que un diccionario.

Ilustración de Fernando Vicente
Toda la realidad está contenida en él porque toda la realidad está hecha de palabras. Nosotros también estamos hechos de palabras. Si formamos parte de una red familiar o social es porque existen palabras como hermano, padre, madre, hijo, abuelo, amigo, compañero, empleado, profesor, alumno, policía, alcalde, barrendero

Escuchamos las primeras palabras de nuestra vida antes incluso de recibir el primer alimento, pues son tan necesarias para nuestro desarrollo como la leche materna. Por eso sabemos que hay palabras imposibles de tragar, como un jarabe amargo, y palabras que se saborean como un dulce. Sabemos que hay palabras pájaro y palabras rata; palabras gusano y palabras mariposa; palabras crudas y palabras cocidas; palabras rojas o negras y palabras amarillas o cárdenas. Hay palabras que duermen y palabras que provocan insomnio; palabras que tranquilizan y palabras que dan miedo.

Hay palabras que matan. Las palabras están hechas para significar, lo mismo que el destornillador está hecho para desatornillar, pero lo cierto es que a veces utilizamos el destornillador para lo que no es: para hurgar en un agujero, por ejemplo, o para destapar un bote, o para herir a alguien. Las palabras nombran, desde luego, aunque hieren también y hurgan y destapan. Las palabras nos hacen, pero también nos deshacen.

La palabra es en cierto modo un órgano de la visión. Cuando vamos al campo, si somos muy ignorantes en asuntos de la naturaleza, sólo vemos árboles. Pero cuando nos acompaña un entendido, vemos, además de árboles, sauces, pinos, enebros, olmos, chopos, abedules, nogales, castaños, etcétera. Un mundo sin palabras no nos volvería mudos, sino ciegos; sería un mundo opaco, turbio, oscuro, un mundo gris, sombrío, envuelto en una niebla permanente. Cada vez que desaparece una palabra, como cada vez que desaparece una especie animal, la realidad se empobrece, se encoge, se arruga, se avejenta. Por el contrario, cada vez que conquistamos una nueva palabra, la realidad se estira, el horizonte se amplía, nuestra capacidad intelectual se multiplica.

Pese a la modestia del primer diccionario que tuve entre mis manos (uno muy básico, de carácter escolar), recuerdo perfectamente la emoción con la que lo abrí y me adentré en aquella especie de parque zoológico de las palabras. Las primeras que busqué fueron, lógicamente, las prohibidas, para ver qué aspecto o qué costumbres tenían, como el niño que en el zoológico busca las jaulas de los animales más raros o exóticos o quizá más crueles. Una vez saciada esa curiosidad, caí rendido ante el misterio de las palabras de cada día. Me fascinaba aquella vocación por decir algo, por significar. A menudo, yo mismo ensayaba definiciones que luego comparaba con las del diccionario, asombrándome ante la precisión de bisturí de aquellas entradas. No se podía decir más ni mejor en menos espacio. Me maravillaba también la invención del orden alfabético, sin duda el más arbitrario de los imaginados por el ser humano y sin embargo el más universalmente aceptado. Al contrario del resto de los órdenes, no se sabe de nadie que haya intentado cambiarlo o subvertirlo.

En el diccionario están todas las palabras de nuestra vida y de la vida de los otros. Abrir un diccionario es en cierto modo como abrir un espejo. Toda la realidad conocida (y por conocer para el lector) está reflejada en él. Al abrirlo vemos cada una de nuestras partes, incluso aquellas de las que no teníamos conciencia. El diccionario nos ayuda a usarlas como el espejo nos ayuda a asearnos, a conocernos. Pero las palabras tienen, hasta que las leemos, una característica: la de carecer de alma. Somos nosotros, sus lectores, los hablantes, quienes les insuflamos el espíritu. De la palabra escalera, por ejemplo, se puede decir que nombra una serie de peldaños ideada para salvar un desnivel. Pero esa definición no expresa el miedo que nos producen las escaleras que van al sótano o la alegría que nos proporcionan las que conducen a la azotea; el miedo o la alegría (el alma) la ponemos nosotros. De la palabra oscuridad se puede predicar que alude a una falta de luz. Pero eso nada dice del temblor que nos producía la oscuridad en la infancia (el temblor, de nuevo, lo ponemos nosotros).

Las palabras tienen un significado oficial (el que da el diccionario) y otro personal (el nuestro). La suma de ambos hace que un término, además de cuerpo, tenga alma. Por eso se habla del espíritu o de la letra de las leyes. Cada vez que abrimos un diccionario y leemos una de sus entradas estamos insuflando vida a una palabra, es decir, nos estamos explicando el mundo.

Resulta difícil imaginar un tesoro más grande que el compuesto por el María Moliner, el Coromines o el Larousse, además del Oxford y el de sinónimos y antónimos. No es que ese conjunto fuera perfecto para llevárselo a una isla. Es que él es en sí mismo una isla. Una isla de significado, es decir, una isla de sentido.