martes, 5 de noviembre de 2013

LA «SONATINA» DE RUBÉN DARÍO, EJEMPLO DE LENGUA MODERNISTA

«Yo también admiraba al autor de Prosas profanas, el maestro incomparable de la forma y de la sensación»
Antonio Machado [prólogo a  Soledades]
La «Sonatina» de Rubén Darío es uno de esos poemas populares de los que todo el mundo recuerda algún verso y que sin falta se ha leído en las clases de Literatura en el instituto. Esto no quita para que sea un ejemplo perfecto de la lengua que quisieron cultivar los modernistas, una lengua muy cuidada que buscaba la belleza ante todo y una lengua que pretendía ser expresión de esa literatura de los sentidos que persiguieron incesantemente. Un ejemplo de poesía modernista, con la inequívoca firma de Rubén Darío.


El estilo cuidado y renovado por completo de los modernistas se aprecia en los vocablos exóticos (por ejemplo, las alusiones a remotos lugares orientales -Golconda, Ormuz, China-), en el empleo de neologismos y cultismos extraños hasta entonces en nuestra lengua («azur», «nelumbos», «hipsipila», «crisálida») o en las adjetivaciones insólitas e inesperadas («el halcón encantado», «los cisnes unánimes»). Además, el uso de símbolos,  repetidos en otros poemas de Rubén Darío, ayuda a que la expresión sea más  sugerente y evocadora. Así, los «cisnes» simbolizan la belleza y la pureza; lo «azul» es lo ideal, lo infinito; la «hipsipila» y la «mariposa» son los dos estados del alma, la imperfección y la perfección; el «pavo real» representa la belleza; la torre de marfil es en muchas ocasiones el interior del poeta. La belleza también se consigue con una cuidada ambientación que combina lo fantástico («un dragón colosal», «el hada madrina», «en caballo con alas»), con lo medieval («la dueña», «la rueca», «el halcón», «el bufón») y con el máximo refinamiento (el palacio real lleno de mármoles y oros).
Igualmente la «Sonatina» es un extraordinario ejemplo de poesía sensorial, de literatura de los sentidos. El cromatismo y la plasticidad de las palabras deslumbran la vista («rojo», «escarlata», «azules», «oro», «rosa», «marfil», «brillante»). La recreación de olores y sensaciones olfativas impregna todo el poema: las «Islas de las Rosas fragantes», los lirios, los jazmines,...A todo ello ayuda el magistral empleo de la sinestesia, tan del gusto de los poetas simbolistas, que confunde sensaciones de diferentes sentidos, como en el verso quince («la dulzura de luz»). Es el sentido del oído el que sin duda está más cuidado y trabajado en todo el poema. La métrica y los recursos literarios buscan la recreación de un ritmo de gran musicalidad. Los versos alejandrinos con rimas agudas y la distribución de acentos fijos en las sílabas tercera y sexta de cada hemistiquio confieren una andadura rítmica a todo el poema. Las aliteraciones («los suspiros se escapan de su boca de fresa», «la libélula vaga de una vaga ilusión»), las armonías imitativas («está mudo el teclado de su clave sonoro»), las anáforas, las reduplicaciones, el polisíndeton y los paralelismos refuerzan extraordinariamente la musicalidad, acorde con el título, «sonatina», pues se trata sin duda de una composición agradable al oído por sus logrados efectos melódicos.
Por todo ello, Antonio Machado se refirió a Rubén Darío como el «maestro incomparable de la forma y de la sensación».
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A continuación os dejo la presentación que elaboré para explicar la poesía de Rubén Darío.
 

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